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Mindhunter: el cazador cazado

Si por algo destaca Netflix es por su maravillosa habilidad de crear series que dan la vuelta al género al que pertenecen, pero Mindhunter ha ido más allá.  Lejos de las típicas americanadas policiacas cutres, como CSI, que no hacen más que regocijarse en lo superficial y básico, cayendo una y otra vez en las mismas fórmulas de deducción absurda y previsible, junto a las vagas escenas de acción que pretenden hacer un poco menos ‘infumable’ una trama que solo sirve para escuchar de fondo, sin prestarle más atención. Mindhunter apela a lo humano.

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El ‘true crime’ se hace más verdadero que nunca, y lo primero que se puede observar de este formato es la frustración que provoca de lo real que es. Una trama que parece ir lenta, con protagonistas que espera uno poder encajar en un perfil arquetípico y que de primeras no tienen absolutamente nada de carismático como para poder engancharte a ellos.

Es entonces cuando, de repente, te ves inmerso en una historia tan verídica como la vida misma donde la psicología humana se ensalza y hace que el espectador repare en que los aspectos más recónditos e intrincados de nuestra mente escapan a nuestra propia capacidad de comprensión, aunque puedan resultar obvios una vez explicados.  Y es que, esta serie es un canto a cómo los condicionamientos sociales, las enseñanzas morales y los estereotipos ensimisman y alienan a los individuos para que, lo que resulta complicado y pavoroso de entender, pueda ajustarse a una etiqueta que expíe todo lo incomprensible que hay en ello.

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Es el morbo que provoca la realidad lo que hace que Mindhunter sea una obra maestra. Los personajes y sus relaciones se van desenvolviendo y desarrollando poco a poco mostrándose ante el espectador cada vez más humanos, resultando un contrapunto con lo mejor de cada capítulo: la disección de la psicología psicópata en cada entrevista que tienen los agentes Holden Ford (Jonathan Groff) y Bill Tench (Holt McCallany), con los asesinos más macabros de los Estados Unidos de los años 70. Unas personalidades retorcidas e intrigantes que hacen que quieras poder comprenderlas, al igual que les pasa a nuestros protagonistas, pero que traen consigo el peligro de sucumbir a ellas.

Este es, precisamente, el hilo conductor. Cómo afecta a una persona ‘normal’ intentar empatizar (para su estudio) con un despojo social convertido en un ‘monstruo’ a ojos de todos, forjado por los infortunios acaecidos en sus vidas, mayormente incontrolables, que hicieron que su propensa mente psicopática detonara de mala manera.

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El tratamiento desde un punto de vista puramente criminológico y científico, casi ensayístico, aporta a la historia la dosis justa de educación ‘por lo bajini’ que se inserta en público a ‘pildorazos’ sueltos para que uno pueda expandir sus barreras mentales y caer en la cuenta de que, como se cita en la serie: ‘no todo es blanco y negro, si no que entre medio hay muchos tonos de gris’.

Para rizar el rizo, una fotografía que no pasa desapercibida, un montaje simple pero curioso que recuerda aquellas películas de los 70, una banda sonora muy bien traída de lo más ‘top’ de la década; y un Jonathan Groff, que si bien no nos canta a las mil maravillas ese ‘Bohemian Rhapsody‘ como hizo en Glee, demuestra que es un actor como la copa de un pino, pudiendo transformar al personaje más ‘normalito’ en una sinfonía ‘in crescendo’ de rasgos de la personalidad.

Y después de todo esto llega el ‘GRAN FINALE’, la terapia de choque que evidencia lo simple y ególatra que es el ser humano creyéndose dueño y señor de un mundo que ni siquiera ha empezado a atisbar.

¿Quién es ahora el cazador?

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