Cincuenta años de Abbey Road: algo más que un disco (y II)

Cincuenta años de Abbey Road: algo más que un disco (y II)

Paul Cole se encontraba de vacaciones junto a su esposa en Londres. Harto de visitar museos, dejó a su esposa y decidió pasear en solitario. Llegó a una calle cualquiera (en aquel momento) y vio allí a un coche de policía. En ese mismo momento, para el fotógrafo  Ian McMillan se detuvo el tráfico. Cuatro hombres cruzaron la calle por el paso de peatones. Paul Cole desconocía que se trataba de The Beatles. Le llamó la atención que uno de ellos caminara descalzo. Un año después de aquel hecho, Paul Cole encontró el álbum en su casa. Se vio en la fotografía de la portada. “Tuve que convencer a mis hijos de que era yo: saquen la lupa y van a ver que soy yo”, llegó a declarar en cierta ocasión.

Para conmemorar aquel hecho histórico al que Paul Cole fue tan ajeno, Gatrópolis ha querido nadar entre la realidad y la ficción. Para ello hemos realizado este pequeño relato como homenaje a Abbey Road, a The Beatles y a ese personaje anónimo que se coló sin querer en la portada histórica de la banda musical más grande de la historia. Partiendo de hechos reales, queremos que disfruten de este relato construido a partir de esta curiosa historia.

Demos rienda suelta a la imaginación

Aquel día nació como uno más, con la expectación de cualquier otro y sus páginas en blanco para ser escritas al detalle. Un cielo plomizo dio la bienvenida a moradores y visitantes. El Londres de finales de los 60, la década prodigiosa, no se diferencia excesivamente del de ahora. Y aunque era agosto, los rigores de la climatología británica no permitían que el sol se asomara. El brusco descorrer de la cortina de la habitación 1969 dejó entrar una tímida luz. Pero el ruido y la claridad de la mañana fueron suficientes para sobresaltar a Paul. Mary, su esposa, llevaba despierta una hora antes, desde las seis. Aquella inquieta mujer rubia, de mediana estatura, de piel blanquecina, no paraba un instante. Había estado preparando la visita a la capital del Reino Unido durante un par de años, y no era cuestión de perderse un solo detalle. La apretada agenda que había programado de manera concienzuda la tenía despierta de puro nervio. Una pequeña Leica y todo el entusiasmo del mundo la acompañaban desde que aterrizara en Heathrow. Empero su marido no se mostraba tan exultante. Aquella experiencia nunca la había visto con buenos ojos. Si por él hubiera sido, no habría realizado aquel viaje, pero no quiso fastidiar los planes de Mary.

Al contrario que ella, este estadounidense de rictus serio y talante apacible añoraba la calidez y la luz de Florida, donde había nacido y desarrollado su vida. Además, como buen oriundo de la tierra de las oportunidades no era amante de los viajes fuera de su país. Aquella mañana, abrió los ojos sobresaltado, descompuso el rictus y se tapó la cabeza completamente con la sábana. «¿Qué hago yo aquí?”. Se preguntó malhumorado. Más se enfadó todavía cuando a duras penas logró ver que eran las ¡siete!. «¿Pero a dónde pretende ir esta mujer?», volvió a cuestionarse. Sólo llevaban dos días en Londres, pero ya había perdido la noción del tiempo. Jornadas de catorce horas le habían llevado de un lugar a otro, entrando y saliendo de museos, recorriendo kilómetros sin parar, visitando parques de extensiones inmensas. Y lo que quedaba aún. Una leve sonrisa se dibujó en su cara cuando recordó que en cuatro días volvería a estar sentado en su sofá, en el salón de su casa de Tallahassee, con un pack de seis Budweiser frías, viendo partidos de la Major League Baseball, su gran pasión. Sin duda, el estado ideal de una población importante del país del Tío Sam. Eso le dio fuerzas para salir de la cama, besar en la mejilla a su querida Mary y entrar en el aseo para prepararse para otra maratoniana jornada turística.

Cincuenta años de Abbey Road: algo más que un disco (y II)
Fotografía de Patandi

La historia de Paul es algo que sólo ocurre en la mejor de las ficciones. A veces pensamos que el karma o el azar están en un juego constante en nuestra vida. Es totalmente cierto. ¿Cuándo no hemos pensado en una persona y de repente ha aparecido de la nada? ¿Cuántas veces hemos estado tarareando una canción que de repente ha sonado en la radio? O lo que es peor, ¿cuántas veces hemos estado en un sitio en el que no teníamos que estar? Algo así le ocurrió a Paul, más por suerte que por desgracia, aunque él no fuese consciente en aquel momento.

Paul siempre había tenido una vida muy tranquila hasta que llegó el día en que la casualidad lo puso en el lugar indicado a la hora indicada. Pero habrá que comenzar por el principio. Paul, por aquel entonces, era un joven de mediana edad. Se caracterizaba por su prominente cabeza (en comparación con su esmirriado cuerpo). Usaba unas grandes gafas que podrían recordarnos al mismísimo Clark Kent, del que, curiosamente, era bastante fan. ¿Qué estadounidense no lo es; verdad? Tenía distintos hobbies que había podido desarrollar en la escuela Deerfield Park Elementary, en Deerfield Beach, Florida. Le encantaba leer novela gótica de su país y le gustaba ir al cine que hacía esquina entre la calle de su escuela. Durante toda su vida se había preocupado por cultivarse (no tanto su cuerpo como su mente), pues sus padres le inculcaron siempre el valor de la cultura. A muy temprana edad comenzó a recibir clases de piano. Cuando era adolescente conoció a  Mary en la misma escuela. Se puede decir que la música hizo las veces de celestina.

Cincuenta años de Abbey Road: algo más que un disco (y II)
Fotografía de Patandi

Mary, como decimos, era una joven rubia, extrovertida (quizás el contrapunto de Paul) y con un propósito vital: dar la vuelta al mundo. Los viajes la volvían la loca en el sentido estricto de la palabra. Y así fue desde que cumplió 14 años hasta su muerte. España, Italia, Hungría, Marruecos… Inglaterra. Esto es algo que le intentó transmitir también a Paul. No lo logró plenamente, pero sí al menos que la entendiera y soportara.  

Para cuando llevaban siete años juntos comenzaron sus estudios universitarios. Paul, por ciencias, y Mary por historia. Podríamos decir que eran polos totalmente opuestos, pero afines. Poco antes de acabar la carrera, Mary se quedó embarazada de su primera hija, Jane. Fue la primogénita de lo que sería un matrimonio bien avenido. Se casaron y continuaron viviendo en Florida. Mary tuvo que dejar toda aspiración universitaria de manera momentánea para centrarse en cuidar a su bebé; Paul encontró trabajo en una de las mejores farmacéuticas de América, por lo que la pareja, ahora con una persona más junto a ella, no tuvo dificultades para irse a un pequeño apartamento de la capital del Estado.  Allí, Jane creció feliz. Se convirtió en el ojito derecho de sus padres, quienes le correspondían con todo lo que ella quería. Todo iba bien, hasta que la joven Mary volvió a quedarse embarazada… ¡de mellizos! Esto provocó que todo cambiara nuevamente. Se tuvieron que mudar a una casa, mayor que el coqueto apartamento de los inicios, con un enorme jardín. Y Jane tuvo que aceptar que ya no estaba sola. Ahora la atención, los cuidados y los mimos se repartieron entre Marty y Anne.

Cincuenta años de Abbey Road: algo más que un disco (y II)
Fotografía de Patandi

Destino Londres

Al leer todo esto, podríamos pensar en la típica familia americana, de película, a la que todo le va bien, con dinero, aunque de nivel medio. Los chicos crecieron y empezaron a hacer sus vidas. Paul y Mary se hicieron mayores, pero el amor entre ellos no disminuyó. Como tampoco lo hizo el ímpetu de Mary. Pero la cotidianeidad se instaló en el seno de la pareja. Fue el momento en el que Mary quiso dar un giro a la relación y se planteó cumplir con su sueño de juventud de viajar, conocer países, salir del entorno donde había vivido. La independencia de los hijos fue proporcional a la libertad de los padres para retomar sus antiguas pasiones.

A veces la vida nos lleva a situaciones en las que no podemos hacer mucho más que anteponer los intereses de los demás a nuestras ambiciones personales, pero todo tiene su tiempo. Pero esa es otra historia… En una de sus escapadas, Mary consiguió organizar el viaje deseado. Londres. Como comentábamos antes, Paul Cole no estaba muy de acuerdo con aquello. Al contrario que su esposa, él disfrutaba en su casa, con sus quehaceres diarios. Ya jubilado, se había resignado a una vida placentera y de confort. Desplazarse a otro continente era una idea que la veía con mucha pereza: maletas, jet lag, perderse por una ciudad desconocida… La palabra caos aparecía marcada en su cabeza como un rotulador fluorescente. Pero el ímpetu de Mary obraba milagros en el carácter tranquilo de Paul. Y así fue cómo después de mucho insistirle, le pudo robar el “sí, de acuerdo, iremos a Londres” que durante unos años ella estuvo añorando.

“Cariño, ¿qué planes tienes para hoy?”, le preguntó Paul a Mary mientras salía del aseo secándose las manos con una pequeña toalla. La puerta la dejó entreabierta, dando a entender que aún no había acabado de acicalarse. Pero su interés por saber la hoja de ruta del día le hizo asomarse a la habitación con deseos de conocer aquella información. Mary, tan inquieta como siempre, se ofreció de inmediato a hacer de guía turística a su marido: “Hoy tenemos varios sitios para visitar”, le respondió inmediatamente. En su mano derecha portaba varios folios, donde había estado anotando datos de interés, y en la izquierda, un bolígrafo con tinta azul. “Quiero que vayamos a Covent Garden. Me gustaría mucho pasear por donde lo hizo Audrey Hepburn en My Fair Lady. También iremos a Haymarket. Allí está el Her Majesty’s Theatre. ¿Sabías que es del siglo XVIII pero fue rediseñado posteriormente a finales del XIX? Es impresionante. ¡Cuántas historias habrá vivido en todo este tiempo!”. Paul le escuchaba impertérrito, como si la mente le hubiera traslado por un momento a otro lugar muy distante de la habitación 1969 del Memorial Hotel. “Pero, Paul, es que no sé qué hacer -continuó-, porque también quiero ir al Bristish Museum. ¡Me hace tanta ilusión! Pero en la guía pone que tiene más de diez hectáreas. ¡No nos daría tiempo a verlo todo en un mismo día!”. Aquellas últimas palabras de Mary sonaron en el interior de Paul como el zumbido de una alarma. Fue cuando reaccionó y regresó a la realidad. “¡Más de diez hectáreas!”, pensó desconcertado. “Pero, Mary, ¿es que lo tenemos que visitar todo? No es necesario que conozcamos todo Londres”, le dijo con desesperación. “Oh, lo sé, Paul. Pero esta ciudad me fascina. Y el British recoge tantas cosas relacionadas con la historia de la humanidad que sería imperdonable regresar a Florida sin haber ido”, le respondió con pesar. “Cualquiera sabe si volveremos a Londres en otra ocasión”.

Cincuenta años de Abbey Road: algo más que un disco (y II)
Fotografía de Patandi

Paul ya no aguantaba más. Se veía corriendo de un lugar a otro, pateando calles, soportando colas, con un sinvivir continuo para poder llegar a tiempo a los sitios. Su concepto de las cosas no era el mismo que el de Mary. El concebía la vida como un tránsito relajado por caminos tranquilos, sin estrés. Y desde que partieron desde su cómoda casita en dirección al aeropuerto, todo había sido un puro frenesí. Carreras, maletas, coches, gente… Él no disfrutaba como lo hacía su querida Mary. Por otro lado, entendía la ilusión que aquel viaje preparado con tanto mimo e interés, y programado desde hacía algunos años, generaba en ella. Se encontraba, pues, en una tesitura importante. Seguir corriendo de un lugar para otro o parar el ritmo impuesto en la capital británica y pasear, relajarse o tomarse una buena jarra de cerveza en un pub de la ciudad, viendo pasear a los demás como si estuviera frente a su televisor, en el salón de su hogar.

Mientras Mary hablaba sin parar, él puso el piloto automático para que su otro yo se perdiera por el resto de la habitación, vistiéndose, enajenado en sus cosas. El murmullo de su excitada esposa no le impedía viajar mentalmente, huyendo de aquellas cuatro paredes, buscando la calma perdida. De pronto, escuchó una especie de clic en su interior. Como un aviso recibido desde quién sabe dónde. Paul entendió que a Mary no había quien la parara cuando encarrilaba a toda velocidad la vía del desenfreno. Tampoco quería amargarle un viaje soñado tantas veces. Así que se le ocurrió proponerle que ella fuese sola al British. Entre tantas hectáreas de objetos antiguos, ella estaría ocupada durante horas y él podría hacer lo que le viniera en gana, sin prisas, sin bullas… “Por cierto, Mary. ¿Realmente quieres ir hoy a tantos sitios?”, le inquirió sosegadamente. “¿Por qué lo preguntas, Paul?”, le respondió ella con recelo. “Oh, por nada en especial. Solo pensaba que si quieres ir a Covent Garden, Haymarket… al British… No nos va a dar tiempo. Creo que sería mejor que fuésemos al museo, y otro día a esos lugares”. “Pues es verdad, Paul. Quizás lleves razón. El British no se puede ver en unas horas. Y yo no quiero ir corriendo. Además, a sitios como ése hay que ir relajados, para poder deleitarse…”. “Pienso lo mismo”, le respondió Paul suspirando.

Pero esa era únicamente la primera parte de su espontánea estrategia. Ya había logrado evitar cruzar Londres y pasar el día afanados en ver muchas cosas en pocas horas. Ahora llegaba la parte más compleja, proponerle que fuese ella sola al Bristish. Así, durante, ¿cuatro?, ¿cinco?, ¿seis horas?, él estaría solo, haciendo lo que siempre le había gustado hacer, nada. “Mary, estaba pensando que como yo soy un estorbo para ti, podrías ir al British sin mí; así, creo, que disfrutarías más. Sabes que esas cosas no son de mi agrado, y que yo prefiero otras”, le comentó mirándola de soslayo, esperando una respuesta afirmativa y complaciente. Cuando se llega a esta situación, Mary puede saltar desquiciada, lamentándose, quejosa, malhumorada por la actitud pasiva de Paul. Sin embargo, ora porque Mary ya estaba harta de cargar con la pesada mochila de su marido, ora porque prefería cumplir uno de sus sueños con total tranquilidad, lo cierto es que no se lo tomó mal. Es más, parecía como si la propuesta de su abnegado esposo la liberara. Claro, no podía llevarle la razón así como así.

Él se inquietaría al ver que su reacción era contraria a las habituales pataletas que cogía al no salirse con las suyas, por lo que debía evitar que pensara que prefería ir sola que mal acompañada. “Pero, Paul. Hemos venido a Londres juntos. Yo quiero ir contigo a todas partes, que lo que yo vea lo veas tú, que disfrutemos a la vez”, le contestó. “Lo entiendo, Mary. Pero yo soy feliz si tú lo eres; y únicamente sería un estorbo para ti. No podrías gozar con tranquilidad de cuantas experiencias te propone el British”. Paul veía cerca su triunfo. Sentía que Mary estaba abriéndose a su propuesta. Solo era cuestión de apretar un poco más y  seguir lacerándose. “¡Qué importa! Yo quiero que te lo pases bien. Conmigo no lo conseguirás. Vete al British. Yo intentaré pasar el día como mejor pueda, sabiendo que eres feliz. Después iremos a tomar algo a un sitio elegante y me cuentas cómo te lo has pasado”. “Qué amable eres, Paul. Me da pena dejarte solo, pero si ese es tu deseo, me parece bien”.

Cuando Mary cerró la puerta de la habitación 1969, Paul respiró hondo. Estiró los brazos, como soltando toda la tensión acumulada en la cariñosa pero táctica conversación mantenida con Mary. Tenía la sensación de haber jugado, y ganado, una partida de ajedrez. Había movido sus piezas con total sutileza y destreza; había conseguido que Mary le liberara de otro ajetreado día de turismo londinense… y haciéndola creer que él se sentía triste por no poder ir. ¡No quería ser un incordio en su interesante paseo por la historia de la humanidad que es el British Museum! Paul se había ahorrado varias horas de empellones con los curiosos turistas, quienes ávidos de sorpresas, rinden tributo al templo de la historia universal por antonomasia. Tendría toda la mañana y casi toda la tarde para aburrirse, para pasear sin prisas, para ¡no hacer nada! Un plan perfecto fruto de una impecable estrategia.

Paul cogió su blazer gris, pues aunque era agosto, ya se sabe que las temperaturas en el verano londinense son muy distintas a las que se disfrutan en la costa este de los Estados Unidos, y nuestro protagonista era un hombre precavido. Bajó en el ascensor y una vez en la calle miró a ambos lados. Ríos de personas corrían de un lado a otro, ensimismadas en sus pensamientos, cada una a lo suyo. Paul se sentía invisible, nadie le miraba. Él, allí, de pie, sin moverse, y toda aquella multitud pasando a su lado sin verle. Optó por irse para la derecha. Caminó unos instantes paralelamente a la fachada del hotel y al llegar a la esquina cogió la calle hacia arriba. Estaba cómodo, como no lo había estado desde su aterrizaje en Londres.

Cincuenta años de Abbey Road: algo más que un disco (y II)

El gentío era el mismo que le había acompañado en sus visitas con Mary, pero la situación, distinta. Caminaba despacio, degustando el paisaje urbano. Así discurrió su paseo durante un cuarto de hora hasta llegar a Baker Street, donde la incansable imaginación de Arthur Conan Doyle situó las andanzas detectivescas de su Sherlock Holmes. Tuvo el impulso de entrar en la casa-museo del legendario personaje de novela, pero de repente se acordó de Mary: “no, no puedo entrar. Yo quería pasear más que hacer visitas. No está bien, ahora que no me acompaña ella, que entre aquí. Lo dejaré para cuando ella quiera venir”, pensó esbozando una suave sonrisa. Así que continuó su caminar, lento, pero sin pausa. Además, para él, las personas que se movían por el interior de la turística casita ya eran multitud, y lo que quería era paz. Siguió en dirección a Abbey Road, una zona residencial, de buen nivel, de la que había leído cosas de interés en la guía de Mary, con bellas y pintorescas casas. No es un lugar de gran interés turístico, pero al menos podría continuar con su placentero paseo sin sobresaltos. 

Unos extraños personajes

Ya era medio día cuando llegó a su destino. Decidió parar un momento, a unos metros de un paso de peatones, frente a la enorme casa que acoge a los famosos estudios de grabación, de la que tenía constancia por las referidas lecturas de la guía. Tranquilamente observó el tránsito de los vehículos que pasaban por la sinuosa carretera que atraviesa el distrito de St. John’s Wood. Al rato, algo le llamó la atención. El tráfico desapareció, y al mirar a su izquierda, que era donde estaba el mencionado paso de peatones, vio a cuatro jóvenes cruzándolo. Lo curioso era que no iban a la par, sino en fila india. “Qué extraño, ¿por qué pasan de esa manera?”, se preguntó frunciendo el ceño por la sorpresa. Incluso, cuando llegaban a su destino, volvían hacia atrás y repetían la escena. El primero iba vestido con un traje de chaqueta blanco; el segundo, también trajeado, pero de negro; el tercero, llevaba uno gris; y el cuarto, con un conjunto denim. De la sorpresa pasó a la incertidumbre. Sobre todo, cuando observó que el que iba de gris se descalzó y tuvo la osadía de caminar sobre el caldeado asfalto. Sus dudas se disiparon en parte al ver que un hombre les hacía fotografías. “Serán unos famosos”, supuso. “Pero, ¿quiénes?”, se volvió a preguntar. “¿A qué se dedicarán?”. Evidentemente, eran cuatro hombres importantes.

Cincuenta años de Abbey Road: algo más que un disco (I)

El tráfico había sido cortado para realizarse aquella sesión fotográfica.  Un coche de policía se detuvo al llegar a su altura. “Esta es la mía”, pensó Paul. “Voy a preguntar. Seguro que ellos sabrán algo”. Se acercó al vehículo, saludó a los agentes, y con una cordial sonrisa, les dijo: “Perdonen. Llevo un rato observando a aquellos cuatro jóvenes que cruzan el paso de peatones mientras el fotógrafo no deja de disparar con su cámara, pero no sé quiénes son. ¿Podrían decirme qué está ocurriendo?”. Los policías le saludaron amablemente…

Así fue como Paul Cole pasó a la historia de manera anónima e inopinada como el testigo silencioso de la realización de una de las fotografías más icónicas de la historia. Fue el día en que presenció el reiterado desfile de John, Ringo, Paul y George, The Beatles, para el reportaje que originó la celebérrima portada del disco Abbey Road, último trabajo de estudio publicado de la irrepetible banda de Liverpool. Una figura prácticamente irreconocible se ve a la derecha, justo al lado de un coche de policía. Esa persona era Paul Cole, extra por sorpresa en la sugerente obra de Ian MacMillan.

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