miguel ángel tobías

Miguel Ángel Tobías: “A cinco mil metros de altura y a veinte grados bajo cero es imposible sobrevivir. Así se produjo el milagro”

La semana pasada estuvo presentando su libro Renacer en los Andes. Una historia digna de un guión de cine; la historia de su épica aventura en el Chachani en 2003. Tras compartir casi una tarde entera con Miguel Ángel Tobías, con poco más de una hora de entrevista y algo más de dos en la presentación de su obra, intuyes que tras esa fachada de 190 centímetros de altura hay un ser sensible, solidario, afable y amante de su familia y, sobre todo, de su madre.

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Fotografía de Patricia del Zapatero

El libro comienza con una frase contundente, difícil de digerir por cualquiera: “no era la primera vez que estaba a punto de morir…

Eso, en realidad es mérito de la editorial. Concretamente de Laura Falcó. Cuando yo envié las primeras páginas, donde en un principio sólo iba a hablar de la historia de los Andes, ella me dijo: “Miguel Ángel, has estado otras veces a punto de morir, ¿por qué no empiezas relatando, mínimamente, porque la historia principal del libro no es esa, lo que te pasó antes?”. Me pareció una buena idea y me alegro de haberlo hecho, porque permite encontrar las diferencias entre las dos veces que estuve a punto de morir en África y esta en los Andes, porque a pesar de que piense que ‘alguien’ me ayudó en aquellas ocasiones en que pude morir, una ahogado y otra envenenado, no lo puedo demostrar. Mi amigo y yo salimos vivos de milagro de morir ahogados, y en la del envenenamiento estuve solo. Pero en ninguna puedo demostrar que hubo un milagro. Se podría justificar con alguna razón biológica, física… aunque los médicos dijeran que era imposible que pudiera seguir vivo. Pero hay posibilidades de encontrar alguna explicación. En los Andes no había ninguna opción de salir vivo, ninguna. Si no se llega a producir ese milagro, habría muerto. La primera noche me quedé dormido dos veces, y si lo haces, te mueres seguro. A 5000 metros de altura y a 15, 16, 20 grados bajo cero es imposible sobrevivir. Ahí se produjo ese milagro. En el libro cuento que todo lo que pedí se me concedió paso a paso.

¿Te parecería normal que alguien pudiera rebatirte lo que cuentas en cuanto a que un milagro evitó tu muerte?

Me parecería normal, lógico, razonable… Por eso, cuando hablo de Dios, en un país culturalmente católico como este, se asocia a la religión. Pero no hablo de esto. Cualquier explicación o sentimiento religioso\espiritual\esotérico\místico… me parece correcto. Me siento igualmente cómodo que alguien piense, o yo mismo, porque sé quién me ayudó, que fue el espíritu de la montaña o un ser superior. Nando Parrado, en el prólogo del libro, me da a entender que lo ha interpretado de esa manera, y me alegro mucho. Porque queda abierta la idea de que cualquier persona pueda pensar que fue suerte o la casualidad. Tengo una formación científica muy fuerte, y siempre busco la racionalidad a las cosas. Pero no me queda más remedio que rendirme a la evidencia de que lo que viví fue un milagro, en el concepto que milagro es algo fuera de lo normal, fuera de este mundo.

Además, el guía te lo reconoció cuando acabó todo, que era imposible que pudieras salir vivo de aquella situación.

Claro. Él me contó que había visto muchas cosas anormales en la montaña, difíciles de explicar, en situaciones de vida o muerte, de las que al final sales bien. Pero me dijo:”en tu caso, te hemos dejado en una montaña, a 5.000 metros de altura, a muchos grados bajo cero, sin agua, sin equipamiento, sin ropa adecuada… para mí era imposible que sobrevivieras”. Ya lo hice la primera noche. Con lo cual, la locura para él y para mis amigos era ya que yo apareciera en Arequipa antes incluso  que ellos.

¿Hasta qué punto es tan relevante el elemento psicológico para salir de una situación tan crítica como la tuya?

Es fundamental. Sin duda. De mis dos amigos que vivieron esta aventura conmigo, Willy me dijo: “obviamente, Miguel Ángel, esto es un milagro”. Carlos y yo nos conocemos desde hace 25 años, y él me comentó: “sabía que no te ibas a dejar morir, eres un superviviente…”. Pasaron cuatro o cinco  años, y él mismo me dijo: “Le he dado tantas vueltas durante tanto tiempo, y es evidente que tú solo no podías salir de ahí”.

¿Por qué nunca hablaste con ellos sobre este suceso durante los cinco años siguientes?

Porque ellos no querían. Se sentían incómodos. Porque la primera noche cuando salí de la montaña, ya en Arequipa, yo les pregunté “¿dónde creíais que estaba?”. “Pensábamos que estabas aquí”, me respondieron. “Pero aquí, ¿dónde?, porque os recuerdo que salimos ayer cinco en un coche, hacia la falda de la montaña, y volvísteis cuatro. Lo cual significa que, en la literalidad más absoluta, me habéis dejado en la montaña, y os habéis vuelto sin mí, dejándome a 5.000 metros, en una montaña”. Ellos se sentían raros con esta situación, y tardamos cinco años en hablar sobre aquello. Hasta que un día les pedí que nos sentáramos a hablar, porque necesitaba comprender. Porque yo, Miguel Ángel, jamás les hubiera dejado. Hubiera muerto antes. Pero yo sabía que ellos tampoco me hubieran dejado, siendo mis amigos del alma. Quería saber qué ocurrió en el lado de ellos, qué vivieron para volverse sin mí. Conociéndoles como les conozco, sé que jamás hubieran regresado sin mí. Y si no se hubieran vuelto sin mí y me hubieran buscado, se habrían enfrentado a unas condiciones igual de adversas que yo, pero sin saber por dónde buscar. El guía sabía perfectamente que yo había muerto, pensaba que ya no estaba vivo. Por lo tanto, su objetivo era regresar a Arequipa con ellos dos vivos, y con la sangre fría de levantarse a las cuatro de la madrugada para irse a la cumbre del Nevado Chachani con ellos dos por una razón muy sencilla: si él les explica que me fui solo del campo base y que yo estaba desaparecido esa noche, por supuesto que a las cuatro de la mañana, se levantan, pero no a hacer cumbre sino a buscarme. Pero, ¿por dónde? Así que el guía, sabiendo lo inhóspito del territorio, entendió que en vez de morir uno, podríamos morir los cuatro.

Fotografía de Patricia del Zapatero

¿Y por qué han tenido que pasar 13 años para que escribieras y publicaras esta experiencia?

Era un ejercicio que no sabía cómo hacer. Primero, estoy contando una historia real. Pero hay muchas maneras de contarla. El planteamiento, cuando Planeta me propuso escribir el libro, fue decirle que no (risas), porque llevo muchos años diciéndole que no. Y la excusa fue que esa no era la historia, sino todo el proceso interior que vivo, ese diálogo que mantengo conmigo, con ese ‘algo’ al que llamo Dios, que me acompañó (porque no tengo dudas de que estuvo allí), y que gracias a eso salí vivo. Y eso era dificilísimo reflejarlo en un libro. Estoy acostumbrado a hablar en público, a dar conferencias, a hacer documentales… pero son otros los protagonistas. En este caso, estoy contando una historia mía…

… Y, además, interior…

Precisamente por eso ha sido más difícil de escribir el libro. Incluso más de lo que pensaba. Cuando empecé a escribir me dije, “bueno, esto fue lo que viví y lo escribo tal cual”, pero no fue así. Fue un proceso muy largo. Tardé seis años en contárselo a mi familia. Después de resolver con mis amigos la historia, tardé un año más en decírselo a mi madre, a mis hermanas y a mi sobrina mayor, porque los otros eran demasiado pequeños como para entender nada. Ahora están descubriéndola. Y no les conté nada antes porque todas las madres del mundo son iguales, y en esto más todavía. Y he acuñado una frase que todos asienten, y es que las madres tienen la capacidad de sufrir retroactivamente. Y cuando les conté todo, aquella noche, mi madre y mis hermanas lloraban, y les decía, “pero no lloréis, si estoy aquí, sigo vivo”. Pero mi madre durante semanas estuvo dándole vueltas, y lloró y sufrió lo que hubiera vivido y sufrido si llega a saber que su hijo a 10.000 o 12.000 kilómetros de distancia se está muriendo, y que ella está en España y no puede hacer nada por él. También tardé tanto en escribirlo porque cuando bajé de aquella montaña, y doy gracias obviamente por salir vivo de allí, en este diálogo permanente que mantuve con Dios, con esta fuerza que me ayudó en aquel momento, lo primero que le pregunté fue: “dime ¿qué quiere que hagas?”. Entonces yo estaba haciendo Españoles por el mundo y me resultaba fácil convocar una rueda de prensa y contarlo todo. Pero no sentí que tenía que hacer esto de esta manera. No quería frivolizar con esta historia, y le pedí que me hiciera saber qué hacía. En estos 13 años he hablado con mucha gente con un elevado sentido espiritual, desde sacerdotes, obispos, cardenales, rabinos, maestros de cábalas, chamanes… es decir, gente de todas las religiones del mundo, incluso con mediums, con todos los que están en este mundo espiritual-místico-mágico, y todos me decían lo mismo, todos: “Miguel Ángel, los milagros se producen para que las personas que los viven den testimonio de ellos. Estas experiencias son para contarlas; no te las puedes quedar”. Por eso, cuando Planeta me dijo que lo hiciera, respondí que era muy difícil hacerlo porque tenía que contar cosas muy íntimas, muy importantes para mí, que no sé hasta qué punto lo serían para el lector. Y Planeta me respondió que escribiera lo que me diera la gana… y me quedé sin argumentos (risas). Y me planteé que el libro sería benéfico (para la Fundación Historias Que Deben Ser Contadas). No quería ganar dinero escribiendo un libro donde explico cómo Dios me salvó la vida. Y la otra razón que me empujó a escribir es que tengo testigos vivos con nombres y apellidos, si no, jamás lo hubiera escrito.

Supongo que muchos conocidos tuyos se habrán enterado de tu odisea por este libro.

Muchísimos. Mi familia más cercana sí la conocía, pero mis tíos, primos… no. Un primo que vive en Cáceres me escribió un whatsapp diciéndome: “llevo tres horas llorando”. Los amigos íntimos sí sabían algo pero no a este nivel. El libro le ha sorprendido incluso a mi madre, porque he tenido que hacer un ejercicio que no había hecho hasta ahora: volver a situarme en el minuto a minuto de lo que viví. He escrito el libro reviviendo muchos sentimientos, muchas emociones.

miguel ángel tobías
Fotografía de Patricia del Zapatero

¿Tienes alguna anécdota al respecto?

Sí. Hay una maravillosa. El libro lo escribí durante el rodaje de la película en la que estoy trabajando ahora. Por lo que lo he hecho en la tablet, no en un ordenador, en los huecos que he tenido, incluso en el AVE. Y un día, en el que estoy escribiendo, se me caen dos lágrimas por la cara, de una forma no habitual, como un niño. Y una señora que me ve (risas), se me acerca y me dice: “¿qué le pasa, le puedo ayudar?”. Aquello me pareció maravilloso. La señora me reconoció de la tele, con lo cual tuve que contarle ¡al vagón! que estaba escribiendo el libro y el momento por el que iba. Jamás, jamás, me olvidaré de aquello. Ha sido la única vez durante la escritura en que he llorado de esa manera. Y coincidió con el momento en que escribía la parte en la que imaginaba a mis amigos llamando a mi madre para decirle que yo había muerto (dando suaves golpes con la mano en la mesa).

Es que esa parte es fortísima…

Es fortísima. Mira, se me ponen los vellos de punta (dice mientras enseña su antebrazo izquierdo). Y por eso estaba en esa parte emocional. Para nadie es fácil contar una historia tan íntima. Pero si por tu trabajo no eres una persona anónima, lo es mucho más. He escrito el libro cuando he sentido que lo tenía que hacer.

Tu madre fue el eje de todas tus preocupaciones mientras estuviste aislado en la montaña. ¿Hasta qué punto fue tu punto de apoyo para salir de allí?

Los que somos hijos y tenemos la suerte de tener una madre-madre, la mayoría, somos conscientes de que para una madre, y para muchos padres seguro que también, pero cuando muere un hijo, una madre muere con él. Aunque siga viviendo, lo hace sin vivir. Es algo especial. Y ese sentimiento lo tenía muy presente. Era muy consciente de ello. Y sabía que para mi madre, y para mis hermanas también, pues tengo tres hermanas maravillosas, aquella noticia iba a ser una tragedia terrorífica, como para cualquier otra familia. La primera noche saqué las fuerzas de mi madre. Cuento en mi relato que una vez que aquella mano me tocó, yo estaba prácticamente muerto. Lo que realmente quería era no despertarme. No quería sentir dolor. Y es durísimo, conociendo el infierno que te queda por delante, saber que tienes que seguir, despertarte, mover los músculos, para volver a la vida, sabiendo que eso significaba regresar al sufrimiento. Sin buscarlo, me vino el rostro de mi madre. Eso me dio las fuerzas para seguir luchando. En el segundo día, la historia cambió. Sabía que una segunda noche allí era una muerte segura. Científicamente, no había opciones de sobrevivir ni siquiera a la primera noche. Yo no llevaba un equipamiento de alta montaña, sino ropa para ir por la sierra de Madrid en primavera.

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Fotografía de Patricia del Zapatero

Claro, porque aquella ascensión la decidisteis sobre la marcha, ¿verdad?

Sí. Fue una locura, absurda, que nunca la teníamos que haber realizado. Yo no quería. Soy un tipo que no tiene miedo. Me encanta la aventura y el deporte de riesgo, pero aquel día sentí algo muy extraño cuando mis amigos propusieron subir al Chachani. Pero volviendo al segundo día, sabía que ya no tenía fuerzas para luchar más. Sabía que me moría, y fue cuando sentí el sentimiento profundo de saber el gran dolor que les causaría a mi madre y a mi familia. Era consciente que aquella noche moriría y que indefectiblemente, a la mañana siguiente, tanto si encontraban mi cadáver como si no, iban a llamar a mi familia. Ese momento de no poder evitarlo, fue una locura.

A pesar de los sucesos dramáticos que cuentas en el libro, has seguido en contacto con el riesgo ¿qué te lleva a ello?

Es algo innato. A veces me preguntan si me gusta la muerte. No es así. Busco el riesgo por todo lo contrario, porque amo la vida, y necesito esas emociones para sentirme vivo. En Twitter he visto una frase que me ha gustado. Es de Marissa Meyer: “cuando yo era pequeña, siempre hice cosas para las que no estaba preparada, y esto me hizo crecer”. Entonces, si sólo hacemos lo que sabemos, nunca crecemos. Esta es la historia de mi vida. Siempre he hecho cosas para las que no estaba preparado, aunque nunca lo confesara. Y el mundo me decía lo contrario. Si le hubiera hecho caso, nunca hubiera crecido.

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