Lola Pons: "Pienso que la divulgación, en cierta medida, es una deuda que tiene el profesor universitario con la sociedad"

Lola Pons: «Pienso que la divulgación, en cierta medida, es una deuda que tiene el profesor universitario con la sociedad»

Desde su vocación por la docencia, Lola Pons, disfruta haciendo disfrutar a los demás de algo que ha sido considerada una materia acotada solo para los puristas. Pero desde la claridad de sus exposiciones y unas ideas sumamente avanzadas intenta hacer llegar la Lengua a todo tipo de público. Sus libros, de gran éxito, son una prueba de ello.

Lola Pons: "Pienso que la divulgación, en cierta medida, es una deuda que tiene el profesor universitario con la sociedad"
Fotografía de Patandi

Estudiaste Filología Hispánica en la Universidad de Sevilla, eres profesora titular de esta universidad, en el Área de Lengua Española, has llevado investigaciones que han tratado sobre sociolingüística urbana, entre otras cosas, ¿de dónde nace tu inquietud por estudiar nuestra lengua?

Yo tenía vocación por la Filología, pero me inclinaba más hacía el estudio de la Literatura. Pero tuve la fortuna de que en mi camino se cruzó un maestro que cambió un poco mi orientación investigadora, que fue Manuel Ariza Viguera. Cuando estuve en cuarto de carrera me dio clases de Historia de la Lengua, después también de Dialectología, y a partir de ahí me enfoqué a la Historia de la Lengua. Y básicamente desde que terminé la carrera me he dedicado a eso, y a las variaciones del lenguaje, que me llevó a su vez al asunto del paisaje lingüístico y sociolingüística urbana.

Has trabajado como profesora invitada un semestre en la Universidad de Tübingen (curso 2005/2006), dando clases de Dialectología y otro en la Universidad de Oxford (curso 2008/2009), donde enseñaste Fonología Histórica del Español, ¿cómo recuerdas estas etapas? ¿qué te han aportado profesionalmente?

¡Muchísimo! Cuando terminé la tesis fueron unos años en los que se hizo una apuesta muy grande desde la política universitaria española para que hiciésemos estación de investigación fuera. En ese sentido me beneficié de ayudas ministeriales que te permitían ausentarte de las clases durante un semestre. Primero estuve en la universidad alemana, a la que sigo fuertemente vinculada, y después en la universidad británica, en Oxford. Cada estancia me dio una cosa. En Tubinga aprendí mucho sobre la independencia con que investigan los alumnos. Y Oxford es una universidad particular, está en una especia de isla como la de Cambridge, allí en el sistema británico. Pero fue una gozada trabajar allí, porque tenía mucha independencia, en cada una de ellas escribí artículos, en la de Oxford escribí un libro… Fue una etapa muy provechosa académicamente.

Entre tus ocupaciones como docente están dar clase, investigar, dirigir proyectos de investigación, tesis y TFM y divulgar, ¿qué es lo que más te reporta de tu trabajo? ¿con qué faceta te sientes más realizada?

A mí lo que más me gusta es dar clases. Pero también me gusta muchísimo investigar. Divulgar lo considero una manera de dar clases, porque es lo que te permite salir de las paredes del aula, y en mi caso a través de los textos que escribo para El País o libros como Una lengua muy larga, me ha permitido llegar a otro público al que no llegaba desde mi aula universitaria. Pero creo que es indisociable la docencia de la investigación, y no sé cómo se puede hacer una sin hacer la otra.

¿Qué significa para ti ser docente?

Es curioso porque cada año te enfrentas a alumnos que tienen siempre la misma edad, pero tú eres cada vez un año mayor (risas). Es una forma muy bonita de estar en contacto y ver cómo cambia la sociedad. También es una obligación de seducción la de dar clase, porque te exige explicar bien, llegar más allá de límites que uno se ha propuesto. Ser docente es vocacional, y en mi caso es fuertemente vocacional, creo que no podría ser otra cosa que profesora.

Lola Pons: "Pienso que la divulgación, en cierta medida, es una deuda que tiene el profesor universitario con la sociedad"
Fotografía de Patandi

En 2016 publicas el libro Una lengua muy larga. Cien historias curiosas sobre el español. Y tras su éxito en 2017 se publica su cuarta edición, con una modificación en su contenido, en el que añades más historias de la lengua, ¿cómo surge este proyecto en un principio?

Surgió porque tenía un blog, y lo sigo teniendo (No solo de yod), en el que yo publicaba cositas divulgativas del estudio de la lengua pensando en mis alumnos. Pero ese blog se me fue un poco de las manos, y empezó a tener muchas lecturas fuera del ámbito universitario de Sevilla. Y recopilar parte de esas historias, crear otras nuevas… dio lugar a Una lengua muy larga. El éxito de Una lengua muy larga, que pasó por tres ediciones, hizo que la cuarta edición se convirtiera en «muy muy larga», con historias nuevas. Y ahí estamos.

Es un ejemplo de que se puede aprender, algo tan complejo a priori para todo aquel que no es experto en la materia, de forma amena, cercana y con un lenguaje fácil sin que el lector o el alumno pierda el interés. Esto es muy importante a la hora de enseñar, ¿no?

Pienso que la divulgación, en cierta medida, es una deuda que tiene el profesor universitario con la sociedad. Ten en cuenta que nuestro salario, y nuestra recompensa, que no solo es en dinero, sino también en tiempo, nos lo paga toda la sociedad española. Entonces creo que parte de nuestras investigaciones y de nuestro tiempo se ha de dedicar a explicar de la mejor manera que podamos y de la forma más accesible, qué logros estamos consiguiendo con nuestra investigación.

¿Qué crees que ha sorprendido o puede sorprender más al lector al leer Una historia muy muy larga?

Mucha gente me escribe, y me gusta que lo hagan, para darme su impresión sobre el libro. Y una constante muy común es que se siente bien tratada, que mi libro no le riñe. Un discurso del lenguaje al que estamos muy acostumbrados socialmente es a que nos digan «usted habla mal, no diga esto» o «eso está incorrecto«. Y más allá que me puedan parecer incorrectas algunas cosas o pueda saber explicarlas, me interesaba ir más allá en el libro, y explicar porqué hablamos como hablamos, cuál es el trasfondo, el pasado… de ese español que hablamos hoy. Y que el hablante entienda que el error es la naturaleza del cambio, y que el cambio es lo que hace que una lengua esté viva. Eso recorre toda la obra.

No se le suele prestar mucha importancia a nuestra lengua, a su origen, a cómo ha evolucionado, pero es fundamental conocerla, saber quiénes somos, ¿no?

Desde que te levantas hasta que te acuestas estás hablando, aunque no te comuniques con nadie, pensar es una manera de hablar contigo misma. Y todo se materializa a través del lenguaje, por eso me parece interesante que el alumno sepa qué es sujeto, verbo y predicado, alumnos de secundaria y tal, pero quizás en primaria no hay que insistir tanto en el conocimiento metalingüístico, sino que la gente sepa expresarse oralmente, explicar un problema y sepa expresarse por escrito sin dificultades, porque es la clave para llegar después a cualquier tipo de conocimiento. Sí creo que en los últimos años, quizás en dos o tres años, se ha despertado un interés por la lengua como elemento divulgativo. Hay más libros de divulgación lingüística, hay más columnas sobre el asunto lingüístico… Incluso estamos viendo en los últimos meses que es un debate por razones que ya rozan la política. No sé qué pasará a partir de aquí.

En el libro hay un capítulo en el que preguntas «¿por qué morder la manzana de la Filología?«, ¿por qué debe hacerse? Es como una gran desconocida, ¿no?

Creo que es la gran desconocida, no tanto ignorada como desconocida. Tuve la suerte que comenzar mi carrera dando clases en la facultad de comunicación, y algunos de esos alumnos que estaban allí en primero y que aspiraban a ser periodistas, redactores… después se han terminado orientando a los estudios filológicos, y me los he reencontrado como profesores de secundaria en institutos. Creo que hay un gusto por la literatura, un gusto por la lengua admitido por la sociedad, porque nadie va a ser tan burro de decir «pues no me interesa nada lo que ha escrito Cervantes«. Pero sí que hay gente que piensa en que en Filología nos dedicamos a rizar un pelo de Lope de Vega y a convertirlo en tirabuzón. Y no hacemos eso. Sí estudiamos las obras antiguas, también las modernas, el español antiguo y el de hoy. Y con perspectiva muy interesante; a poca gente conozco que haya abandonado la carrera de Filología.

Lola Pons: "Pienso que la divulgación, en cierta medida, es una deuda que tiene el profesor universitario con la sociedad"
Fotografía de Patandi

 «Y eso, en una era donde la comunicación está cada vez más escorada a lo digital, me hace pensar que lo de escribir en papel y a mano no era tan mala idea«. Como filóloga, ¿cómo vives esta evolución cada vez más completa del ser humano hacia lo digital?

¡A mí me encanta! Supongo que el discurso esperable en mí sería decir «que mal, porque se pierde la escritura«. Pero es que pienso que ahora escribimos más que antes. Ves a la gente por la calle, y el problema es que no miran la calle porque están escribiendo en su móvil. Que están escribiendo con abreviatura o forma poco ortodoxa, bueno es la forma que corresponde a ese canal obviamente. No soy nada purista en ese sentido. Y después particularmente a mí, a mi carrera y a mi vocación como docente, la explosión de lo digital le ha afectado muy positivamente. Empecé con un blog, ahora tengo un twitter de perfil académico, lo que publico para El País solo sale en digital, es decir, a mí me ha beneficiado. En lo que se refiere a la investigación, de una manera incomparable. Lo que antes era investigar un manuscrito yéndote a la biblioteca de El Escorial a pasar frío, y ahora que te lo manden digitalizado, leas el texto desde casa, que la bibliografía sea accesible, que te bajes un artículo que han escrito tus hijos desde California en 0,2 segundos, es impagable. Estoy totalmente a favor. Que me gustan los libros en papel, sí. No los leo electrónicos porque tengo todavía ese fetichismo, pero en todo lo demás me gusta mucho lo digital.

¿Qué es lo más curioso que has encontrado en un archivo durante tus investigaciones?

¡Hay tantas cosas! Una cosa muy bonita que te puede pasar es encontrarte algo que se ha metido en las páginas de un manuscrito. Alguien que investigó antes que tú metió ahí un papel, a lo mejor es de los años 50 o 40, o que en la propia época en la que se escribió el manuscrito, se metió dobladito un papel que se hacía con una lista de deudas, de la compra, o algo así. Esos hallazgos casuales son muy curiosos. Y después está la sorpresa que te da el propio manuscrito, para bien y para mal. Que consultes un manuscrito de un conjunto de cartas, creyendo que vas a descubrir una correspondencia privada interesantísima, y que sea aburridísima porque era administrativa y solo habla de la gestión de una finca. O al contrario, que en un grupo de cartas políticas te encuentres, como me pasó una vez, que ponía: «Señores mierda. Van a destruir ustedes España. Váyase a la mierda«. Y ver eso escrito en el XIX, me hizo mucha gracia, la verdad. Porque yo misma, aunque sea historiadora de la lengua, tiendo a pensar que la gente antigua era más seria, más formal, más solemne de lo que somos ahora ¡Y no es así! Es un prejuicio.

Le dedicas un capítulo a la forma de decir algunas palabras especialmente en Sevilla, y lo terminas de una manera muy emotiva hablando de Cernuda, de Machado, de la plaza de San Lorenzo… ¿qué tiene esta ciudad para que el sevillano, se podría decir, la ame y la odie a partes iguales?

No tengo una respuesta, pero no soy la única que lo piensa. La cosa esta de Jano que tiene la ciudad de Betis-Sevilla, Triana-Macarena y de las dos Sevillas que siempre están dentro de la ciudad… Eso está en la esencia de ella. Y yo con ese escrito que se llama Palabras en Sevilla es donde hablaba de que aquí, y bueno en otros sitios, pero hablaba desde Sevilla, de que llamamos chaleco al jersey, celeste  a los ojos azules, las camisas son de listas y no de rayas… Hablaba de esa sensación tan bonita de sentirse reconocido en las palabras de los demás, que nos ha pasado a los que hemos estado un tiempo fuera. Volvemos y no solo es el acento o los lugares, también son las palabras cuando después de estar meses fuera, alguien te dice que te va a poner un plato de chícharos. En ese «chícharos», reconoces y vives otra vez toda tu infancia, toda la nostalgia de lo que has dejado atrás. Y eso sentirá también el que hable de las palabras de Almería o de las palabras de Zaragoza. Pero la idea era construir una memoria con las palabras de un lugar. Porque de un lugar recordamos los escenarios, el patio de nuestro colegio, la calle de la casa de nuestra abuela, pero también las palabras que nos decían. Y eso es lo que quise reconstruir.

Una lengua muy muy larga (Lola Pons, 2017)

¿Quizás en esa parte negativa de esta ciudad se encuentre el hecho de que olvida fácilmente a los artistas que la han hecho importante a lo largo de los siglos?

Es una ciudad caprichosa, que abandona, pero que después abraza con un entusiasmo desmesurado a aquellos a los que ha olvidado. También encuentro que en el momento actual hay un tejido cultural sólido, que está haciendo muchas cosas. Hemos sobrevivido a una etapa muy dura de crisis. Y es admirable la labor que están haciendo las jóvenes editoriales, el festival de música antigua, el festival de cine, las jóvenes iniciativas de la que tú misma eres una representante… Pero después hay otra Sevilla, que yo detesto, que es la Sevilla incívica, la que no cuida los espacios de todos, la que se llena la boca diciendo «como Sevilla no hay ninguna», al mismo tiempo que tira un papel al suelo. Y siento que eso desprestigia por completo qué ha sido y qué es la ciudad y quiénes son los sevillanos.

Además te podemos ver en unas piezas documentales que se han hecho con motivo de La Peste, donde hablas de la cultura de la época, ¿qué destacarías del siglo XVI?

Por cercanía a mí en este momento, voy a destacar una figura que no es andaluza, sí española, que es Juan de Valdés. Porque es el hombre al que estoy dedicando mi tiempo en los últimos meses. Juan de Valdés es un toledano, heterodoxo. Si su vida se hubiera quedado reflejado en esta serie de La Peste, se vería la historia de un hombre preocupado por la teología, lector de Erasmo, que en un momento está yendo de puntillas hacia el camino de la herejía y antes de ser perseguido huye a Italia. Y desde allí escribe una serie de obras, de una de esas obras me estoy ocupando en los últimos meses, se llama El Diálogo de la Lengua, se escribió, suponemos, en 1535. Y aparece un diálogo entre varias personas, uno es el propio Valdés, y todos ellos hablan del idioma. Opinan sobre qué palabras son más correctas, dónde se pronuncia mejor, qué lecturas piensan que son mejores para el español. Estoy haciendo en los últimos meses una edición para la Biblioteca Clásica de la RAE. Y estoy muy interesada en ese personaje que simboliza muy bien la otra España del XVI, la que tuvo que salir.

¿Qué mensaje les darías a nuestros lectores?

Que sigan leyendo la revista Gatrópolis. Y un mensaje más concreto, me gustaría que los lectores se acercasen al tema de la lengua desde un punto de vista menos purista al que estamos acostumbrados, y también desde un punto menos teórico. Que no piensen que la lengua es solo complemento agente y objeto directo, que también son hechos muy interesantes, sino incluso es la materia de la que están hechos los pensamientos y nuestros sueños de cada día.

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