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Oro, o cómo reescribir la historia

Se suele decir con sumo acierto que la historia se escribe siempre desde el bando vencedor, o desde el del que ostenta el poder. El descubrimiento o la conquista de América por España, depende de la posición desde donde se mire, está siendo motivo de muchos debates en los últimos años. Hasta ahora hemos asistido a una narración de los acontecimientos allí ocurridos que, poco a poco, va cambiando. Y no se trata de pretender ver ahora solo lo negativo de lo ocurrido al otro lado del Atlántico, pero sí de entender que como toda nación que llega a otros territorios, la nuestra también entró sin una medida exacta de las limitaciones. Y con Oro, el último trabajo cinematográfico de Agustín Díaz Yanes, asistimos a una reescritura de aquel pasaje histórico que siempre se ha vendido en papel de regalo, pero que está alejado de la auténtica realidad. Lo que a priori parece un capítulo más de las crónicas conquistadoras en Las Indias por parte del imperio español durante el siglo XVI, se desvanece por completo cuando se ha sido espectador de la última obra del referido director madrileño. En Oro se nos narran las miserias y crudezas en las que vivía la sociedad de dicha época. En este caso se hace centrándose en un grupo de soldados que llevan a cabo una expedición que les llevará a la `ciudad de oro´.

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Conforme avanza este relato, nacido de la pluma de Arturo Pérez-Reverte, de algo más de hora y media de duración, el espectador va quedando cada vez más atrapado por lo que está sucediendo en pantalla, sintiéndose partícipe, casi en primera persona, de lo que están sufriendo cada uno de los miembros de esa exploración, de honor cuestionable, enviados allí por Carlos V, para hacer aún más grande su imperio.

Oro, como ha sido deseo de su director, Díaz Yanes, es una historia de personajes, que se sirve de un contexto histórico determinado como eran las conquistas, mencionadas anteriormente, como vehículo narrativo para desarrollar unos roles muy perfilados, en los que se pueden ver reflejados todos los aspectos negativos del ser humano.  La mezquindad, el egoísmo, la falta de honor y compromiso hacia los demás, la hipocresía de lo que se predica y luego lo que se hace, el desprecio hacia la mujer, tanto indígena como española (un objeto, una propiedad del hombre). Un análisis el que se hace de esta serie de características de las que el ser humano es poseedor, que hace sentir tristeza y estupor al comprobar lo poco que ha evolucionado en ese sentido, por muchos siglos que pasen. La barbarie del hombre sigue estando ahí, y cinco siglos más tarde, el deseo imperialista continúa vigente, el maltrato a la condición humana subyace en cada periodo histórico hasta nuestros días.

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Varios mensajes más se pueden extraer de la cinta del madrileño, que sirve de reescritura de la historia de nuestro país. Como la crónica que siempre se nos ha vendido, durante tantísimos años, de que la misión de aquellos conquistadores era la de evangelizar aquellos pueblos, cuando lo que realmente buscaban era su propio beneficio. O el de que muchas veces somos víctimas de nuestro propio sistema, en el que se nos utiliza por parte de los que más mandan, mientras que los que al final, los que más pierden son los ciudadanos de a pie, como se refleja en una de las frases del final de la película.

Díaz Yanes ha comparado las consecuencias negativas y las vergüenzas de la guerra de Vietnam con esa conquista de América. Y en cierto modo, a veces la fotografía, con la trama desarrollándose en la jungla, recuerda a algunos films en los que un pelotón de soldados americanos se adentra en territorio enemigo, haciendo frente a contingencias como la dureza de la propia naturaleza, el furor de los indígenas para defender su hogar y la maldad intrínseca del hombre que lleva a la traición, la venganza, el odio… hasta el punto de que muchas de las bajas producidas en las filas españolas se gestaban en sus luchas intestinas.

Se supone que no se trata de volver negra lo que se ha pregonado siempre como una historia blanca. El papel de España en aquel capítulo de la historia tuvo su trascendencia, o se supone, sino de mostrar el lado negativo e inconfeso de la misma.

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Oro, localizada en la selva de Panamá y en varios puntos de Andalucía, Tenerife y Madrid, ha tenido un presupuesto de unos ocho millones de euros. Comenzó a rodarse en marzo de 2016 y está coproducida por la andaluza Áralan Films junto a Atresmedia Cine, Apache Entertainment, Sony Pictures España y el propio Arturo-Pérez Reverte.

El reparto coral hace las delicias del espectador, con un elenco de actores de primera fila, lo cual demuestra el buen estado de salud del cine español en este sentido. Desde Raúl Arévalo, en el papel de Martín Dávila, a los veteranos Juan Diego y José María Cervino, pasando por Jose Coronado, Bárbara Lennie, Anna Castillo, Antonio Dechent, Luis Callejo, Óscar Jaenada, Andrés Gertrúdix, José Manuel Poga o Juan José Ballesta, entre otros. Una muy cuidada fotografía, de Paco Femenía, su banda sonora, compuesta por Javier Limón, con el quejío final de José Mercé en los créditos que ponen un broche de oro especial a este regalo que nos ha llegado a través del Festival de Cine Europeo de Sevilla. Estamos de enhorabuena.

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