academia de cine Muchos hijos, un mono y un castillo: la estrella está en casa

‘Muchos hijos, un mono y un castillo’: la estrella está en casa

«Una familia numerosa de organización caótica, eso no se ha visto nunca», reflexiona uno de los hijos de la protagonista de esta historia, Julia Salmerón, o Julita, como a ella le gusta que la llamen. En efecto, las aventuras cotidianas de esta entrañable familia funcionan en pantalla precisamente por ese caos, ese desorden, esa locura filmada con amor, y también con maestría, por Gustavo Salmerón, hijo menor de Julita y director de la cinta ganadora del premio Goya 2018 a la mejor película documental.

Muchos hijos, un mono y un castillo: la estrella está en casa

El filme parte de una idea completamente surrealista, y es que Julita es dueña de tres deseos, formar una familia con muchos hijos, tener un mono como mascota y vivir en un castillo, y a lo largo de su vida consigue cumplir los tres. Más tarde, la crisis económica azota a la familia, obligada entonces a desprenderse del inmueble, así como lo habían hecho años antes del mono, que acabó convirtiéndose en el hermano pequeño de la familia, pero que se volvió agresivo con el paso del tiempo por su propia condición de animal salvaje. No obstante, el primer deseo de Julita se mantiene vivo y de igual forma da vida a esta historia, porque su marido, sus hijos y ella forman un equipo ganador a la hora de hacer reír al espectador. Nos encontramos ante una mujer con una personalidad arrolladora, que brilla con luz propia y que resulta un vendaval de comedia.

Muchos hijos, un mono y un castillo: la estrella está en casa

Julita posee un humor inteligente, absurdo, surrealista, a veces negro y a veces esperpéntico, singular y sin artificios, y su hijo sabe sacar lo mejor de ella en pantalla. Aparece frente a la cámara con naturalidad, aceptando de buena gana su rol de show-woman, disfrutando de la oportunidad de ser el centro de atención y destapándose como una gran narradora. Ella misma se encarga de contar su propia historia y la de su familia, que la secunda en todos sus excéntricos planes, como montar un belén gigante en el jardín y dejarlo puesto en verano, guardar todo tipo de objetos en casa hasta ponerla patas arriba, ensayar su propio funeral o buscar una vértebra de su abuela que tiene despistada en algún rincón de la vivienda.

Muchos hijos, un mono y un castillo: la estrella está en casa

Gustavo Salmerón toma esta última anécdota como hilo conductor de la historia. Él mismo comenta en una entrevista que “lo que vertebra la película es precisamente una vértebra”. A la abuela de Julita la mataron en la guerra y un miembro de la familia decidió quedarse con una vértebra, la cual fue pasando de generación en generación hasta llegar a ella, que la perdió en su propia casa. Y es que Julita, que asegura no sufrir el síndrome de Diógenes, conserva en su casa objetos de todo tipo, pues cada uno de ellos le trae recuerdos de algún momento concreto de su extensa vida, por esa razón no le gusta tirar cosas, algo que desespera a su marido. Gustavo considera que esa vértebra ha de ser enterrada con el resto del cuerpo de su bisabuela y emprende junto a sus hermanos y su padre la búsqueda de la misma, mientras su madre va narrando la historia de una familia que pasa por momentos felices y también tristes, como cualquier familia media española. La obra de Gustavo Salmerón habla de la relaciones personales entre los miembros de una familia, sus pasiones y sus miedos, en el marco socio-político de un país inmerso en una burbuja inmobiliaria que estalla en torno a 2008.

Muchos hijos, un mono y un castillo: la estrella está en casa

La espontaneidad de la protagonista y la complicidad con su hijo Gustavo cautivan al espectador, que puede reconocer en la familia Salmerón a la suya propia y que en ningún momento se aburre, porque el carisma de Julita y los suyos provoca risas constantes, y también emociona cuando en el segundo acto toca hablar de situaciones complicadas. Es cierto que el ritmo de la película decae en cierta manera llegada a este punto y puede decepcionar al espectador que espere el mismo nivel de comedia del frenético y sorprendente arranque, pero los hechos que acontecen así lo requieren. El humor deja paso a la reflexión y a la melancolía, a la añoranza de tiempos pasados y a la incertidumbre frente a un futuro incierto, derivado de las dificultades económicas. Pero aún con esas, la señora Salmerón nunca pierde las ganas de reírse de sí misma y de las circunstancias que la rodean, y el director tiene la oportunidad de reservarse algunos de los momentos más cómicos para el final.

Muchos hijos, un mono y un castillo: la estrella está en casa

Por encima de todos los temas sobre los que versa el documental, está el amor de una familia que se mantiene unida en las buenas y en las malas. Resulta muy interesante la figura de Antonio, el marido de la protagonista y padre del director, que funciona como un complemento perfecto para ella precisamente porque su carácter se encuentra en las antípodas del de su mujer. Antonio es un hombre responsable, precavido y más bien reservado que, sin embargo, encaja a la perfección los continuos chistes y los disparatados planes de su esposa, y que también demuestra tener su propio sentido del humor. Y es que todos bailan al ritmo de Julita y dan soporte a su coreografía, pero cada miembro de la familia tiene tiempo para expresar su singular forma de ser. De igual forma, Julita se siente protegida con Antonio y muestra continuamente su mayor miedo, que no es otro que quedarse sola. Vemos a una protagonista vulnerable hablar sobre la muerte, un cuestión que le produce cierta obsesión, pero sobre la que también es capaz de bromear, llegando a ensayar con su familia su propio funeral, y pidiéndole a éstos que la vistan de monja, en una de las escenas más divertidas de la cinta.

La noche de los abanicos rojos en el país de las críticas premios goya

Han sido catorce los años que Gustavo Salmerón ha invertido en grabar las escenas cotidianas de su casa. El actor y director madrileño, ganador de otro premio Goya en 2002 por su cortometraje Desaliñada, ha sabido sacarle partido a la genuina personalidad de su madre y ha conquistado tanto al público como a la crítica especializada con un documental que se ha mantenido durante meses en la cartelera de los cines. No imaginaba Julita que la película casera de su hijo iba a conseguir ganar importantes premios en Europa y Estados Unidos cuando en una de las primeras escenas se muestra humilde y desconfía del interés que pueda suscitar su propia historia en alguien ajeno a su círculo más cercano. Ahora se encuentra viajando junto a su hijo por las alfombras rojas de todo el mundo.

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